A media hora a pie de casa, en la
cafetería en la que compartimos tantos cafés a la salida de mi antiguo trabajo,
en la mesa más alejada de la entrada y de la barra, sin planes ni prisa, espero
a que el camarero me traiga la copa que le acabo de pedir.
Le observo mientras lo prepara siguiendo
un ritual que habrá repetido en cientos de ocasiones. Es joven y no
especialmente guapo, pero tiene un brillo en los ojos que llama mi atención. Me
recuerda que una vez yo también lo tuve, que una vez, hace una eternidad, yo
también fui joven. Ambos lo fuimos.
El camarero se acerca y deposita
mi bebida sobre la mesa, dedicándome una amplia sonrisa que no sé cómo, soy
capaz de corresponder.
A solas con mi gin
tonic, se me viene a la memoria el día
en que le conocí, en el aula magna de la facultad, en primero de derecho, uno
de los primeros días de clase, cuando desvié la vista hacia un chico que me
observaba en lugar de mirar hacia el estrado donde se encontraba el profesor. Nuestras
miradas se encontraron y un escalofrío recorrió mi espalda; me sentí atraída
por él de inmediato.
Así estuvimos un mes, sin
acercarnos el uno al otro, lanzándonos furtivas miradas entre lecciones
monótonas y aburridas, hasta que un fin de semana, nos encontramos en uno de
los bares de moda, y con la ayuda de nuestros amigos, nos conocimos, nos
gustamos, y no nos volvimos a separar hasta hoy.
¿Cuánto tiempo había pasado? Casi
veinte años, toda una vida… Dos caminos que un día se hicieron uno, recorrido
por dos niños que juntos se convirtieron en adultos y que ahora se volvían a
separar, dejándome sola, perdida y sin consuelo.


