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ESTHER COLLADO

Enlazando palabras y obteniendo melodías.




A media hora a pie de casa, en la cafetería en la que compartimos tantos cafés a la salida de mi antiguo trabajo, en la mesa más alejada de la entrada y de la barra, sin planes ni prisa, espero a que el camarero me traiga la copa que le acabo de pedir.
Le observo mientras lo prepara siguiendo un ritual que habrá repetido en cientos de ocasiones. Es joven y no especialmente guapo, pero tiene un brillo en los ojos que llama mi atención. Me recuerda que una vez yo también lo tuve, que una vez, hace una eternidad, yo también fui joven. Ambos lo fuimos.
El camarero se acerca y deposita mi bebida sobre la mesa, dedicándome una amplia sonrisa que no sé cómo, soy capaz de corresponder.
A solas con mi gin tonic, se me viene a la memoria el día en que le conocí, en el aula magna de la facultad, en primero de derecho, uno de los primeros días de clase, cuando desvié la vista hacia un chico que me observaba en lugar de mirar hacia el estrado donde se encontraba el profesor. Nuestras miradas se encontraron y un escalofrío recorrió mi espalda; me sentí atraída por él de inmediato.
Así estuvimos un mes, sin acercarnos el uno al otro, lanzándonos furtivas miradas entre lecciones monótonas y aburridas, hasta que un fin de semana, nos encontramos en uno de los bares de moda, y con la ayuda de nuestros amigos, nos conocimos, nos gustamos, y no nos volvimos a separar hasta hoy.
¿Cuánto tiempo había pasado? Casi veinte años, toda una vida… Dos caminos que un día se hicieron uno, recorrido por dos niños que juntos se convirtieron en adultos y que ahora se volvían a separar, dejándome sola, perdida y sin consuelo.
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Tenía que ser precisamente ahora. No cuando te buscaba, cuando necesitaba una caricia y una palabra de apoyo cada día, y no había nadie que me la pudiera brindar.

Tenías que venir ahora, cuando había logrado ser feliz sosteniéndome sola, sin tener que contar con nadie y sin más ayuda que la que yo me puedo prestar.

Tenías que aparecer justo cuando lo tenía todo organizado, cuando mi vida tenía un orden, cuando dos más dos eran cuatro y tres más tres siempre eran seis. Cuando era yo la que introducía todas las variables que podían afectarme. Cuando ya tenía una prioridad establecida, cuando había decidido concentrarme en lograr ascender en mi carrera profesional sin tener que preocuparme de nada más.

Yo no quería esto ahora, es justo lo contrario de lo que necesitaba. Yo solo quería calma, solo quería control.

Y vienes sin preguntar, sin que nadie te haya invitado, sin que nadie te haya dicho: "¡Entra!".

Pues no. Ahora me vienes fatal, ahora no tiene sentido.

No quiero cambiar tranquilidad por preocupaciones, aunque vengan con un regalo de mil besos. No quiero cambiar el sueño por noches de insomnio, aunque otras estén plagadas de abrazos. No quiero nuevas ilusiones que luego se cobren lágrimas, eso es lo que no quiero.

No. Me vienes fatal. Pero pasa.

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Caras grises. Mentes vacías. Cuerpos encorvados. Miradas perdidas.

Tic tac, tic tac, tic tac.

Pasa un tren. Suben algunos. Otros bajan. Otros permanecen a la espera. Cambia la gente, pero no noto la diferencia. Caras grises. Mentes vacías. Cuerpos encorvados. Miradas perdidas.

Cansancio. Me pesan las piernas. Me pesa la espalda. Solo quiero llegar a casa y soltar esta mochila.

Por fin llega el mío. La gente se aglutina por inercia a medida que se acerca, intentando adivinar dónde quedará la puerta. Se para, me llevo algún que otro empujón, subo, se pone en marcha. Veinticinco minutos hasta mi parada.
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Esta noche se presenta como otra de esas en las que el dolor, la frustración y el no entender no me dejarán cerrar los ojos y dormir en paz.

Y no entiendo esta cabeza, no entiendo que ayer fuera completamente feliz, y hoy me sienta tan desgraciada. Las emociones se agolpan en mi mente, y no me dejan pensar. Solo siento, y así no se puede. Y me odio. Odio saber que tengo que ser racional, odio saber cuál es el problema y no poder hacer nada para ponerle remedio. Quizá no soy normal. Quizá esté pasando una época en la que no estoy normal. Una época demasiado larga. Quizá no esté preparada para algunas cosas que me han caído encima y me vienen grandes. Quizá nunca he sabido entenderte. Quizá no he sabido entenderme yo. O el problema es que creía que me conocía y descubrir dentro de mí tantas cosas nuevas me está superando. Quizá necesite ayuda, pero si la necesito, me niego a aceptarlo.

Quizá mi inseguridad sea la base del problema, u ocupe parte de esa base. Nunca me he creído suficiente para nadie y sin embargo, te pido que me veas como no has visto a nadie jamás. No le doy ninguna importancia al físico, excepto al mío. Me miro al espejo y me encuentro mil defectos, me exijo lo que no le exijo a nadie más. Y a ti, te hago lo mismo, y me lo das, y no te creo, porque me miro al espejo, y me veo mil defectos. Y tú te tragas la mierda que me escupen mis complejos.

Quiero ser especial, y quiero ser única, y olvido que hubo mil especiales antes que yo. Te pido una promesa de eternidad sabiendo mejor que nadie que aquí solo cuentan los segundos. Me niego a aceptar lo común, lo que tienen todos. Me niego a aceptar lo que antes concebía como normal y me hacía feliz, y sin embargo hoy no puedo vivir con ello. Me niego a aceptarlo y sé de sobra que es así, y te culpo de mis frustraciones, por hacerme creer en lo que no existe.
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